Mariano Silberberg. Estudiante de Psicología – Universidad Maimónides. Concurrente voluntario – Hospital Borda, Servicio 25B. silberbergmariano@gmail.com
Un hospital psiquiátrico es también un territorio de límites.
Algunos son visibles: puertas, pabellones, rejas, salas, muros. Otros son menos evidentes, pero organizan buena parte de su vida cotidiana: adentro o afuera, usuario o profesional, quien cuida o quien es cuidado, quien tiene un diagnóstico y quien tiene el saber para tratarlo. Esos límites cumplen funciones. El problema aparece cuando dejan de organizar una situación y empiezan a definir por completo a las personas.
Cuando el diagnóstico ya no nombra algo que alguien padece, sino que parece nombrar a alguien entero. Cuando detrás de “el paciente”, “el psicótico” o “el colifa” empieza a desaparecer una historia, un deseo, una voz. El hospital puede alojar, cuidar y proteger cuando el afuera se vuelve insoportable. Pero allí aparece una paradoja: aquello que en determinado momento protege también puede volverse difícil de abandonar. Hay usuarios que no saben con claridad cuál será su trayectoria, cuándo llegará una externación, adónde volverán o, sencillamente, qué va a pasar con ellos.

El afuera puede convertirse entonces en otro territorio incierto, aún más incierto que el adentro.El 23 de septiembre, durante algunas horas, algo de esa distribución —adentro/afuera— pareció alterarse. Más de 400 personas participaron de BordaPalooza —en referencia a Lollapalooza—. Por su dimensión y por lo que produjo dentro del hospital, fue una experiencia comunitaria poco habitual y, quizás, una de esas escenas que merecen permanecer en la memoria de quienes pensamos la salud mental.
Detrás hubo un verdadero trabajo interdisciplinario dentro del hospital. Distintos sectores —entre ellos el Departamento de Prealta, Nutrición y muchos otros— participaron de una construcción colectiva que terminó convirtiéndose, en sí misma, en una experiencia de intervención comunitaria. También estuvieron quienes vienen construyendo estos puentes desde hace tiempo, como David Tagger, músico que desde hace años toca en el Borda y llevó parte de esa experiencia a su disco El poder de los olvidados.
Hubo artistas (León Gieco, Maggie Cullen, David Tagger, Silvina Moreno, Vale Acevedo, Luis Gurevich, Willi Piancioli, Ramiro Abrevaya y Las Voces de Sumay), espacios lúdicos, biblioteca, pintura, sorteos —con la colaboración de Café Altar de Colegiales— y radio (La Colifata).
Pero lo más interesante quizás no haya ocurrido solamente sobre el escenario. Quizás por eso BordaPalooza tuvo algo particularmente potente. Pareció mover los muros del hospital. No los físicos, sino esos otros, los simbólicos, que separan el adentro del afuera, al usuario del profesional, a quien trata de quien es tratado.Y quizás el propio nombre permita un juego: BordaPalooza. Porque por unas horas fue también un “palazo” a los muros. A los bordes del Borda.

El afuera entró y el adentro salió.
Seguíamos dentro del hospital. Los pabellones, las puertas y los muros continuaban ahí. Y, sin embargo, algo de la escena parecía pertenecer a otro territorio. El profesional también era espectador. usuario podía tomar el micrófono. Se jugaba, se escuchaba, se cantaba, se bailaba. Hubo un entre-todos.
Una escena me hizo figura. Uno de los usuarios internados tomó el micrófono y gritó: “¡Que nos escuchen hasta en el Borda!” Estábamos en el Borda. Y, sin embargo, por un instante parecía estar hablando desde otro espacio.Abrir las puertas de un hospital no significa solamente permitir que quienes están adentro puedan salir. También implica que el afuera pueda entrar. Que la comunidad se acerque, escuche y se deje afectar.
Que la lo-“cura” no sea aquello que se deposita del otro lado de un muro para después olvidarnos de ella. Porque en la génesis de muchos de los padecimientos más severos aparecen el desamparo, la soledad y la desidia. No como conceptos abstractos, sino como experiencias concretas: sentirse solo, no ser escuchado, quedar por fuera de los vínculos, de las instituciones y de la comunidad.
También están quienes cuidan. Profesionales y trabajadores atravesados por burocracias y enormes demandas, acompañando trayectorias cuyo destino muchas veces tampoco conocen. Porque también puede quedar solo quien tiene la tarea de acompañar la soledad y la incertidumbre de un otro.

Quizás por eso BordaPalooza importe tanto como festival como por el efecto que produjo: una interrupción de ciertas dinámicas y una erupción de afecto. Por unas horas suspendió algo de esos lugares que parecían tan claramente repartidos.El afuera entró. El adentro pareció estar afuera.Los muros físicos permanecieron exactamente donde estaban.
Pero algunos de los otros —los simbólicos—, por unas horas, se diluyeron.Y entonces León Gieco cantó Sólo le pido a Dios.Era, quizás, una súplica compartida:
“Sólo le pido a Dios, si estás ahí… no nos dejes solos…”












