La despedida no fue un recital. Tampoco un funeral convencional. Fue una escena que remitía inevitablemente a aquellas misas ricoteras que marcaron una época, aunque esta vez no hubiera escenario, amplificadores ni canciones.
El domingo 7 de junio, en Villa Domínico, una fila de más de setenta cuadras reunió a miles de personas para despedir a Carlos Alberto Solari. La imagen era extraordinaria por su dimensión, pero también por su clima: una espera paciente, silenciosa y respetuosa que se extendió durante horas.
La fila como abrazo
Desde la mañana, la familia ricotera dijo presente. Abuelos, padres, hijos, amigos y compañeros de ruta compartieron una misma espera. Algunos habían recorrido cientos de kilómetros. Otros llegaban desde barrios cercanos. Todos parecían reconocer algo familiar en los rostros de los demás. Los ojos nublados por el llanto acompañaban el gris del día. Entre personas que no se conocían circulaban abrazos, palabras de consuelo y pequeños gestos de cuidado. La despedida de un músico se transformó, por momentos, en una experiencia colectiva de contención.
La magnitud del operativo dispuesto para acompañar la jornada contrastaba con la tranquilidad que predominó durante todo el día. La fila avanzaba lentamente mientras los carteles, las banderas y los mensajes repetían una misma idea: gracias.
Una pertenencia construida durante décadas
Quienes siguieron la trayectoria del Indio saben que el vínculo con su público nunca fue el de una estrella convencional con sus admiradores. Durante décadas se construyó una comunidad atravesada por canciones, viajes, encuentros y códigos compartidos. Por eso la despedida tuvo algo más profundo que la simple asistencia a un velatorio. En esas cuadras interminables se hizo visible una pertenencia que sobrevivió a los cambios de época, a los años de silencio y a la distancia que el propio Solari siempre mantuvo respecto de la exposición pública.
No hubo discursos grandilocuentes ni ceremonias espectaculares. Hubo respeto. Hubo emoción. Hubo miles de personas esperando durante horas para decir adiós.
Hasta siempre
El velatorio se extendió hasta la madrugada, permitiendo que la mayor cantidad posible de personas pudiera acercarse a despedirlo. Cuando las puertas finalmente se cerraron, quedó una imagen difícil de olvidar: una multitud unida por una obra artística, por recuerdos compartidos y por una forma particular de entender la pertenencia.
«Quien quiera ver que vea».Y lo que pudo verse ese domingo fue algo poco frecuente: setenta cuadras de paciencia, afecto y gratitud.
Gracias, Carlos Alberto Solari.












