Escribe Emilia Viaggio*
Dos científicos, un descubrimiento y la posibilidad de alcanzar el Premio Nobel. A partir de esa premisa, Manuel Santos Iñurrieta construye una comedia atravesada por el absurdo, el juego y la ruptura de la ficción, donde la disputa por el conocimiento termina revelando una competencia mucho más amplia: por el poder, el prestigio y el reconocimiento.
La competencia parte de una premisa tan insólita como sencilla: dos científicos se enfrentan por un descubrimiento que podría llevarlos nada menos que al Premio Nobel. A partir de allí, la investigación deja rápidamente de ser lo central y la rivalidad pasa a ocuparlo todo. Lo que importa es ganar, imponerse, quedar por encima del otro.
La obra construye esta dinámica de rivalidad permanente a partir de un lenguaje escénico deliberadamente lúdico. Los dos científicos aparecen como figuras caricaturescas, tiernas y filosas, atravesadas por la comicidad del clown, en un mundo donde la torpeza, la exageración y el disparate conviven con la violencia y la ambición. El vestuario, con guardapolvos de botones grandes y moños, construye una apariencia casi ingenua que entra en tensión con la dureza de los discursos y con la creciente rivalidad entre los personajes.
La escena pequeña y oscura de El Crisol contribuye a construir ese universo. Un paraguas suspendido, algunos objetos de apariencia juguetona y una iluminación que recorta los cuerpos producen una atmósfera onírica. Los guardapolvos, los movimientos exagerados, los saltos, la torpeza física y el maquillaje hacen visible que esos científicos son también “payasos” de su propia pretensión de superioridad.

Pero el juego no está solamente en los cuerpos. La competencia ironiza sobre la disputa por el saber, el poder, el prestigio, el dinero y la fama. El conocimiento aparece progresivamente convertido en vanidad, jerarquía y producción vacía. Los personajes hablan, explican, formulan hipótesis y construyen razonamientos que imitan la autoridad del discurso científico, pero que muchas veces desembocan en el absurdo.
Así, la parodia también alcanza al lenguaje. El exceso verbal, los falsos saberes, los parloteos, los refranes y las hipótesis huecas construyen una forma de hablar que reproduce las marcas de un discurso autorizado mientras deja expuesta su fragilidad. La solemnidad del lenguaje científico se vuelve así otro territorio para el juego y la comicidad.
La ruptura de la ficción está en el corazón de la forma. La obra no intenta ocultar sus mecanismos: las luces, las marcas de escena y distintos elementos del dispositivo teatral pueden quedar expuestos, recordándole al espectador que aquello que está viendo es una construcción.
Los actores también juegan con la improvisación, el error y aquello que inesperadamente puede ocurrir durante una representación. El accidente no interrumpe la escena sino que se convierte en parte de ella. Ese procedimiento produce buena parte del humor de la obra. La torpeza, el error y el desajuste entre lo que debería suceder y lo que efectivamente sucede se incorporan al juego teatral. La risa surge entonces tanto de las situaciones como de la propia exposición de sus mecanismos.
La actualidad aparece filtrada por el mismo mecanismo cómico y desmesurado que organiza el resto de la puesta. Las referencias a la cultura, la ciencia y la vida social quedan incorporadas a ese universo de exageración, contradicciones y razonamientos disparatados.
De este modo, La competencia amplía progresivamente el sentido de su conflicto inicial. La disputa entre dos científicos permite poner en escena una lógica que excede el laboratorio: la transformación de cualquier vínculo en una competencia por el reconocimiento. Saber más, tener razón, ser el primero, alcanzar el prestigio y, de ser necesario, eliminar al otro. La competencia termina funcionando como una forma de relación con los demás.

La observación de la realidad actual y de un individualismo exacerbado aparece atravesada por el humor, pero también por una mirada incómoda. La obra propone observar cómo una lógica basada en imponerse, utilizar al otro y desplazarlo puede instalarse en los vínculos cotidianos. Ya no se trata solamente de querer ganar: el otro puede convertirse en un obstáculo que debe ser superado o eliminado.
Teatro en nuestro barrio
📍 En Malabia 611, en el barrio de Villa Crespo, El Crisol alberga propuestas teatrales y ofrece un espacio de encuentro con el público. La cercanía que propone una sala de estas dimensiones permite percibir con particular claridad el trabajo de los intérpretes y los mecanismos de una puesta que no busca esconder su condición teatral. Una invitación a los vecinos y vecinas a conocer la sala y sus propuestas.
La competencia
- Dramaturgia: Manuel Santos Iñurrieta
- Dirección: Manuel Santos Iñurrieta
- Actúan: Rodrigo Isequilla Giudici y Manuel Cruz
- Asistencia de dirección: Valeria Natalia Rellán
- Asistencia técnica: Alexia Buide
- Voz en off: Pedro Isequilla
- Vestuario y utilería: Eugenia Summa, Alexia Buide
- Escenografía: Diego Maroevic
- Fotografía: Eugenia Summa
- Producción: Internacionales Teatro Ensamble
📍 Teatro El Crisol Malabia 611, CABA. Funciones: domingos de septiembre, 20 h.
Entradas: Alternativa Teatral
En Instagram @internacionalesteatro y @teatroelcrisol
*Emilia Viaggio es Licenciada en Artes por la Universidad de Buenos Aires.












