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Hasta siempre, querida Tati

Instagram.com/abuelasdifusion

La histórica integrante de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora murió a los 95 años. Su vida quedó marcada por la desaparición de su hijo Alejandro y por una lucha incansable en defensa de la memoria, la verdad y la justicia.

La noticia, confirmada ayer 14 de junio, cierra la biografía de una mujer que transformó la ausencia de su hijo en acto político colectivo y que solía decir, que la desaparición de Alejandro la había puesto en el mundo por segunda vez. Antes del secuestro, ella era una señora de clase acomodada que transitaba la vida sin sobresaltos, ajena a la militancia y a los sótanos del país. Su hijo tenía 20 años cuando una patota de la Triple A se lo llevó, el 17 de junio de 1975. A partir de ese vacío atroz, Tati empezó a mirar de frente lo que hasta entonces no había visto.

“Mi hijo me parió a mí”,

repetía, y no era una metáfora: era la comprobación de que el dolor la había despojado de la ingenuidad y la había empujado a un compromiso sin retorno.

En esa búsqueda se encontró con otras madres que compartían la misma herida y juntas dieron forma a las Madres de Plaza de Mayo, movimiento que hizo del pañuelo blanco un símbolo contra la impunidad. Nacida el 28 de junio de 1930, Lilia Mabel “Tati” Almeida se definía como una mujer común, y fue esa condición la que le permitió hablar sin eufemismos y plantar cara a sucesivos gobiernos.

Tras la escisión de 1986, integró la Línea Fundadora, desde donde sostuvo durante décadas la lucha por memoria, verdad y justicia. Reclamó cárcel común, efectiva y perpetua para los genocidas, rechazó cualquier reconciliación sin condena y se mantuvo lejos de los atajos retóricos que vaciaban de sentido el “Nunca más”.

Su labor no se limitó a la plaza. Recorrió escuelas, universidades, barrios y fábricas. Habló con la misma claridad ante auditorios multitudinarios que en una charla íntima con jóvenes que no habían vivido la dictadura. Siempre llevaba la foto de Alejandro: el rostro del muchacho que exigía respuestas.

“No voy a dejar de preguntar hasta que sepa qué pasó”

Sus intervenciones públicas estaban desprovistas de solemnidad: prefería la pregunta incómoda al discurso elevado y desafiaba a jueces, legisladores o presidentes cuando la memoria flaqueaba.

Instagram.com/abuelasdifusion

En los últimos años, aun con la salud quebrada, siguió ocupando su lugar en la ronda de los jueves. A veces en silla de ruedas, siempre con el pañuelo anudado. Esa obstinación física es su legado: los derechos humanos también se defienden volviendo a la plaza.

Tati Almeida muere a los 95 años y las semillas que sembró en las nuevas generaciones —en su propia nieta y en miles de jóvenes que se acercaron a Madres— garantizan que su reclamo de verdad y justicia no quede en efeméride.

Su voz se multiplica en aulas, juicios abiertos y en cada pañuelo que se alza sin resignación.

Hasta siempre,Tati.

@abuelasdifusion

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