Carlos Alberto Solari, El Indio, murió como vivió: sin declaraciones oficiales de despedida, sin discursos fúnebres armados para la prensa. Se fue en silencio, el mismo silencio que durante décadas mantuvo alrededor de su casa, de su enfermedad, de sus ausencias. Pero el ruido que dejó atrás es el de estadías enteras cantando hasta la afonía, el de pibes que aprendieron a reconocerse en una frase torcida, el de rituales multitudinarios donde la música era apenas el pretexto para la comunión.
Los años de ruta
Nacido en Paraná y criado en La Plata, estuvo vinculado desde joven al universo contracultural que rodeó la experiencia de La Cofradía de la Flor Solar. Allí comenzó a tomar forma una sensibilidad artística que más tarde encontraría su cauce definitivo en Patricio Rey y los Redonditos de Ricota. No fue el único motor creativo del grupo, pero sí su voz inconfundible: esa mezcla de ternura y despojo, de ironía y bronca contenida, capaz de cantar un vals de amor y, al rato, escupir una crítica feroz al poder. Cuando la banda se disolvió en 2001, no hubo grandes anuncios. Simplemente dejó de tocar con ellos. Años después regresó junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado y el río siguió corriendo por el mismo cauce.
El significado popular
El Indio no fue un ídolo en el sentido clásico. No vendía felicidad en frascos chicos ni posaba para las tapas de los suplementos de moda. Era un tipo que desde el escenario miraba de reojo, como si todavía le sorprendiera que miles de desconocidos conocieran cada palabra de sus canciones.Construyó un público que no lo llamaba por su nombre completo ni necesitaba convertirlo en una estampita. Un público que encontraba en sus letras compañía para las madrugadas difíciles, para las jornadas interminables de trabajo, para los amores rotos y para las pequeñas derrotas cotidianas. Ese vínculo lejos del marketing y de la exposición permanente, nació de una obra que logró volverse parte de la vida de millones de personas.
Hasta siempre
Como persona fue eso: alguien que eligió el bajo perfil, las entrevistas contadas y un misterio que parecía surgir más del pudor que de una estrategia de construcción de personaje.
Por eso el agradecimiento no necesita hablar de gigantes ni de inmortales. Alcanza con decir gracias.Gracias por las canciones.Gracias por las preguntas sin respuesta.Gracias por haber acompañado tantas vidas y acompañarnos por siempre.

«Yo no me caí del cielo, pero he sido un barco solo y triste.»
Un baión para el ojo idiota (1988).












