3 de junio, 2026
Este nuevo aniversario nos encuentra, una vez más, resistiendo. Mientras las calles vuelven a teñirse de violeta impulsadas por femicidios recientes, la urgencia es transformar la indignación digital en un tejido comunitario que no dependa de un nuevo golpe para existir.
Otro 3 de junio ha llegado. Otro Ni Una Menos. Y aunque las voces que intentan silenciarnos insistan en preguntar dónde estábamos, la respuesta es simple: siempre estuvimos aquí. Porque una mujer es asesinada cada 31 horas en Argentina y, aun así, hay quienes pretenden convencernos de que la urgencia se ha desvanecido.
En estos once años no cambió la intensidad del dolor, pero sí la crudeza del contexto. Ya no se trata solo de luchar contra la violencia machista, sino de hacerlo mientras se intenta borrar nuestra existencia del lenguaje jurídico y se desfinancian las pocas herramientas de auxilio que logramos conseguir. Sin embargo, existe una certeza que ninguna motosierra puede recortar: hay una sensibilidad generacional que ya no se extirpa. Quienes se educaron con la marea verde y el grito colectivo no aceptan la crueldad como destino.
En la previa de esta marcha, el desafío es tan íntimo como político: volver a hablar con nuestro entorno, incomodar, tender puentes con esas masculinidades que el odio intenta reclutar pero que aún se sienten ajenas a la violencia extrema. Se trata de sostener un plan de lucha que no se apague cuando el hashtag deje de ser tendencia.
Esta fecha nos atraviesa con un dolor difícil de expresar, una mezcla de hartazgo y de pérdida que a veces dan ganas de soltar. Pero allí mismo reside nuestra fuerza: en no rendirnos. Por Agostina, por Dulce, por todas. La tradición feminista nos enseñó que en soledad nos inmolamos, que necesitamos de la otra para recorrer este camino.
Por eso, más que nunca, la respuesta es estar juntas, recordarnos que no somos una estadística y que el fuego de la calle se alimenta con la resistencia diaria, no solo con la conmemoración anual.
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