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Nuevo aniversario del Cementerio de Chacarita

155 años de la inauguración del verdadero museo de estilos a cielo abierto.

En su aniversario, un recorrido por la arquitectura del cementerio porteño revela cómo la impronta de las colectividades inmigrantes y las vanguardias del siglo XX conviven en un trazado urbano único. La imponente iconografía cristiana en su entrada marca el umbral simbólico de una necrópolis que es también un museo a cielo abierto.
A 155 años de su inauguración, el Cementerio de la Chacarita se erige como un verdadero museo de estilos a cielo abierto. Lejos de la uniformidad, sus 95 hectáreas despliegan un eclecticismo arquitectónico que funciona como una radiografía de las distintas olas migratorias, los cambios sociales y las corrientes estéticas que moldearon la identidad de Buenos Aires.

En el marco de este nuevo aniversario, proponemos un recorrido por sus calles y subterráneos para entender cómo conviven el academicismo clásico, el modernismo catalán y el lenguaje del hormigón moderno, todo ello dentro de una ciudad diseñada para los muertos.
El umbral simbólico: iconografía cristiana en clave neoclásica


El viaje comienza en el ingreso principal sobre la Avenida Guzmán. Allí, un imponente peristilo de estilo neoclásico, diseñado por el arquitecto Juan Antonio Buschiazzo e inaugurado en 1886, le da la bienvenida al visitante con una declaración de principios tallada en piedra. Sus columnas de orden dórico sostienen un frontispicio triangular que funciona como un gran plano narrativo con iconografía cristiana asociada al Juicio Final.


La escena está coronada por la figura de un querubín tocando una trompeta celestial. Según la tradición bíblica, su llamado anuncia la resurrección de los muertos y el juicio divino. Con una mano señala hacia el cielo, prometiendo trascendencia a las almas justas que ingresan a este predio. Lejos de ser una simple decoración, esta composición marca el umbral entre el mundo de los vivos y la “ciudad de los muertos”, un mensaje de esperanza que luego se refuerza en el interior con obras como la pintura de la Resurrección de Cristo en la Capilla de Responsos, realizada por Emilio Centurión en 1940.


El eclecticismo de las colectividades


Una vez traspuesto el portal neoclásico, la homogeneidad desaparece. A medida que se recorren sus avenidas arboladas, elv cementerio revela un verdadero catálogo de estilos arquitectónicos traídos por las distintas corrientes inmigratorias. Cada colectividad quiso perpetuar su identidad cultural también en la muerte, erigiendo panteones monumentales que dialogan entre sí sin perder su carácter distintivo.


El Centro Gallego adoptó líneas neorrománicas, mientras que la Asociación Catalana de Socorros Mutuos desarrolló un panteón de inspiración modernista que evoca las corrientes catalanas de principios del siglo XX. Por su parte, la Sociedad Francesa y otras entidades mutuales replicaron modelos de tradición clásica. Este crisol de estilos convierte al camposanto en una verdadera heterotopía: un espacio donde las diferencias sociales y nacionales que existían en vida se replican, pero también se resignifican, en el ámbito funerario.


El quiebre moderno: el lenguaje del hormigón bajo tierra


Si el paseo por la superficie es un viaje al siglo XIX y principios del XX, uno de los capítulos más singulares de Chacarita se encuentra bajo tierra. Entre 1949 y 1966, la arquitecta y urbanista Ítala Fulvia Villa dirigió la construcción del Sexto Panteón, un proyecto monumental que rompió con las tradiciones funerarias anteriores.
Concebido como una solución moderna a la falta de espacio, este panteón subterráneo constituye una de las expresiones tempranas del uso del hormigón visto y de una estética cercana al brutalismo en el ámbito funerario. Sus galerías, construidas en hormigón armado martelinado, generan una atmósfera de recogimiento y sobriedad. La contundencia del cemento y la geometría dev sus nichos contrastan con la ornamentación de los panteones de superficie, evidenciando que la arquitectura para la muerte también incorporó las búsquedas de la modernidad.


Diseñada como una ciudad para la eternidad


El trazado de Chacarita no es azaroso. Desde su planificación, Buschiazzo lo concibió con un fuerte sentido urbanístico: funciona como una verdadera ciudad dentro de la ciudad de Buenos Aires. Con sus 95 hectáreas de extensión, es el cementerio más grande del país y uno de los mayores del mundo. Su diseño replica la organización de una urbe, con diagonales, calles arboladas, plazas y avenidas.


A 155 años de su fundación, el Cementerio de la Chacarita no solo alberga los restos de personalidades ilustres; es en sí mismo un patrimonio arquitectónico. Un lugar donde el lenguaje clásico de su portal, las influencias europeas y la audacia del hormigón subterráneo conviven, recordándonos que la ciudad y sus estilos nunca dejan de transformarse, ni siquiera en el silencio de sus mausoleos.

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