Las fobias suelen ser difíciles de tratar porque todavía no se conoce exactamente cómo se forman los recuerdos traumáticos, ni por qué se mantienen tan vivos en el tiempo. Un equipo multidisciplinario de biólogos y psicólogos de la Universidad de Buenos Aires está investigando las bases neurales del miedo para, en un futuro, desarrollar mejores tratamientos.
Investigadores de la Facultad de Psicología de la UBA utilizan sapos como modelo experimental para comprender por qué las memorias traumáticas son tan difíciles de erradicar y buscan aportar soluciones para tratar fobias y trastornos de estrés postraumático.
El problema de la reinstalación del miedo
«Actualmente estamos estudiando los mecanismos de un problema muy común en las fobias que es la reinstalación del miedo», explicó Nicolás Calleja, licenciado en Psicología y docente de la cátedra de Biología del Comportamiento de la Facultad de Psicología de la UBA, quien ganó el premio Charles Darwin en 2023 por su investigación sobre este tema.
Las terapias contra fobias tienen una eficacia de entre 80% y 90%, pero el problema surge cuando, ante la presencia del estímulo que dispara la respuesta —por ejemplo, un globo que estalla para alguien con fobia a los globos—, el miedo puede resurgir con la misma fuerza inicial, perdiendo el efecto del tratamiento.
Es lo que sucede con ex combatientes que han pasado por situaciones traumáticas: el miedo es tan fuerte que ante cualquier estímulo relacionado con el trauma original, este vuelve a surgir. Un recuerdo, un estímulo visual o sonoro, un sueño, pueden hacer que la memoria traumática reaparezca.
¿Por qué usar sapos?
Estudiar estos mecanismos en personas es muy complejo, por lo que el equipo del Instituto de Investigaciones de la Facultad de Psicología utiliza anfibios como modelo experimental, una aproximación muy poco explotada a nivel mundial.
«Su sistema nervioso es más sencillo, por lo que no es tan complicado analizar los circuitos cerebrales implicados en este fenómeno del miedo persistente», explicó Calleja. «Los anfibios sólo tienen estructuras cerebrales subcorticales, un cerebro evolutivamente más antiguo y simple, pero lo que sucede en sapos y humanos al nivel más básico del estrés es equivalente».
Cómo funciona la investigación
El equipo utiliza un protocolo pionero que registra la frecuencia cardíaca de los anfibios como indicador de estrés, desarrollado en 2007 por María Florencia Daneri y Rubén Néstor Muzio, profesores e investigadores UBA/CONICET que actualmente dirigen la tesis doctoral de Calleja.
Los experimentos consisten en tres etapas: primero, generar una respuesta de miedo haciendo que los sapos asocien un estímulo neutro con una solución salina aversiva que los deshidrata. Luego, extinción del miedo mediante exposición repetida al estímulo neutro sin la solución aversiva. Finalmente, reinstalación del miedo para estudiar cómo reaparece la respuesta que se había extinguido.
«Nuestro trabajo con los anfibios nos ayuda a comprender todo ese camino, desde que se adquiere hasta que se extingue y cómo se mantiene el miedo», explicó el investigador.
Aplicaciones futuras
A futuro, una vez descritos los mecanismos en el modelo experimental, se podrá avanzar en el análisis de diferentes claves y contextos que modifiquen la adquisición o la reinstalación del miedo: un sonido, un color o cualquier otro estímulo pueden ser desencadenantes.
Este conocimiento podría aplicarse al desarrollo de tratamientos más efectivos para lidiar con el estrés generador de miedos, fobias y trastornos de estrés postraumático.
«Pero el desarrollo de este tipo de estudios lleva tiempo. Con mayor presupuesto se podría trabajar con más materiales y aparatos, lo que agilizaría mucho el trabajo. Estamos cerca y estamos lejos», concluyó Calleja.
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